(Continuación de): LA ETAPA DE LUCHA REVOLUCIONARIA MARXISTA DE EL 666, AL LADO DEL CORONEL FRANCISCO ALBERTO CAAMAÑO DEÑO, EN 1965-1973.
(“Proyecto 666” de Michel Smiely “666”)
El Coronel Caamaño haciendo ejercicios en Londres 1967
(Capítulo 21). ALGUNOS ASPECTOS SOBRE LA VIDA, DEL CORONEL CAAMAÑO EN EUROPA.
(Tomado del libro; "La Tragédia de una Revolución Inconclusa" de Michel Smiely "666" ):
Después de una peripecia sin precedentes que a su debido tiempo llegaremos a contar, El 666 que ya ha salido de la Unión Soviética, se encuentra ahora al lado del Coronel Caamaño en Londres 1967, ofreciéndonos El 666 el siguiente relato sobre su estadía y encuentro en Europa con el Coronel Caamaño:
Sobre la vida privada del Coronel Caamaño, muchas cosas se dijeron en Santo Domingo y poco se sabía en el extranjero.
En la República Dominicana, los “patriarcas del comunismo criollo”, (charlatanes sin principios y revolucionarios en el papel, a quiénes los paracaidístas e infantes de marina USAS dejaron vivos, para poder justificar una próxima intervención), proclamaban con verborrea alucinante que el Coronel Caamaño:
Se estaba dando “la gran vida” en el “extranjero” y citaban, un “apartamento privado” con un hermoso paraguas de sol –a orillas del mar-, dónde se podía leer, “Familia Caamaño”, junto a otro que pertenecía al profesor Juan Bosch, en unas de las playas más famosas y “costosas de Europa”, Benidorm, en Alicante, España. (Distorción de unas merecidas y cortas vacaciones que, Caamaño, tomó en España, alcanzando el chisme su apogeo a mediados de 1967).
Si en una sociedad tan avanzada como la norteamericana, los escándalos y los chismes son capaces por si solos, de arruinar el prestigio y la carrera política de los hombres más famosos; la República Dominicana, -una nación en el papel y colonia yanqui en la practica-, no es la excepción. Sucede, y aunque en una escala muy inferior, (por falta de conciencia cívica y de respeto al peso de la Opinión Pública), las exageraciones y consecuencias no son menores, si se considera que, casi el setenta por ciento de la población es analfabeta, y que los chismes para llegar al Pueblo, corren de boca en boca como bolas de nieves de inconmensurables proporciones.
Así, si el “compañero revolucionario” que sostenía un encuentro con el Coronel Caamaño, mientras este encuentro se efectuaba tomó café o merendó en un restaurante, (como ya he señalado por medidas de seguridad, las reuniones políticas no se efectuaban nunca en la casa –apartamento- de Caamaño); el mismo decía después a los “amigos”, (y muchos afirman que esto sucede por indiosincracia, incluído en ello, por las herencias propias que a la raza latinoamericana lamentablemente le ha legado también, el conocido carácter cotorrero y chismoso que caracterizan a los españoles), que en el transcurso de su encuentro con el Coronel Caamaño o después del mismo, bebió champán
“Don Perigñon”, comió “ostras USAS” y de postre tuvo, un excelente caviar ruso importado.
Adornándose también la narración con matices propios de novelas de ficción, hasta convertirse –por arte de magia-, en hechos reales y estos en “verdades”, y las “verdades” en acusaciones y “pruebas” que demuestran lo indemostrable. El Coronel Caamaño no pudo escapar nunca a semejantes afirmaciones y chismes, hechos con propósitos evidentes.
No le traté a mi llegada en 1967 a Londres, estas cosas al Coronel Caamaño. El tiempo era corto y los problemas muchos. No se podía pues perder el tiempo, analizando y discutiendo chismes que, en su día, llegaríamos a cobrar. Además, bastante tenía con analizar con el Coronel Caamaño, los problemas de nuestra lucha, y con obtener de él su apoyo y la concesión de libertad de acción, en importantes trabajos a realizar. Decidí entonces que era más correcto comprobar en la práctica, los cuentos, anécdotas y decires que sobre la vida privada del Coronel Caamaño se decían en “Europa”.
La primera gran impresión que me produjo Caamaño fué, -aparte de los demás rasgos que le caracterizaban-, su físico. En la pasada Revolución Constitucionalista del 24 de Abril de 1965, -y aún después de su arribo a Londres a principios de 1966-, el Coronel Caamaño era un hombre rechoncho y gordiflón, y esto sirvió de base para que en el sector y lenguaje de los “siervos de la gleba”, “la plebe” o “la crápula” e “hijos de machepa”, (cómo despectivamente llama la oligarquía dominicana a los campesinos y obreros sin pan, sin hogar y sin trabajo), se dijera que, “un Caamaño con tanta mierda en la barriga, jamás llegaría a tener algo en la cabeza”...
Era cierto que el aspecto físico del Coronel Caamaño inspiraba en esa época, muy poco respeto. Pero es inadmisible que en una terminología tan absurda –un ejemplo de múltiples casos-, se llevara el chisme político, la calumnia y gérmenes de traición que, la realidad social de un pequeño país subdesarrollado como la República Dominicana, transformaba de mentiras, falacias y vulgaridades, en peligrosísima honda de David.
El Coronel Caamaño no era el mismo, aquella fría y neblinosa madrugada londinense del mes de Agosto de 1967 en que yo llegué a su casa. Había cambiado completamente y esta transformación era tal que, abarcaba incluso su propio físico. Una hermosa leyenda mexicana expone un cambio tan radical en la vida de una persona, que abarca incluso su aspecto físico. Jamás lo creí posible hasta que lo comprobé en el Coronel Caamaño.
El aspecto rechoncho y gordiflón junto con “la barriga llena de mierda”, habían desaparecido, como resultado de esa gran decisión y fuerza de voluntad del Coronel Caamaño que, hasta un desmayo le produjo en cierta ocasión. Los especialista ingleses con sus excelentísimas recomendaciones, ayudaron a transformar el aspecto físico del Coronel Caamaño, que parecía en múltiples ocasiones un niño jugando con la balanza, cuando pesaba la carne, el tomate, el pescado y demás productos de su alimentación, de acuerdo a un estricto esquema culinario que establecía, un menú de comida distinto todos los días.
El Coronel Caamaño haciendo ejercicios en Londres 1967
El Coronel Caamaño estaba a dieta, pero esto no constituía suficiente garantía para que, si uno dejaba un suculento plato en “añejamiento” –para comer más tarde-, el hombre no olvidara su dieta y le entrara “con todos los hierros” a la comida, lo que nos hacía comentar que, aparte de un dietista, debió consultar también a un “achica-estómagos”.
Pero el carácter y la fuerza de voluntad se impusieron, y los resultados fueron tan evidentes que, tuvo que regalar toda su ropa, de cuyo momento cumbre conservo una correa que probablemente, y según el humor de algunos compañeros, le quedaría grande a una mujer en espera de mellizos. Las grasas de las extremidades y del tronco desaparecieron, ocupando su lugar poderosos músculos que, con determinada vestimenta le hicieron parecer más de una vez, un brabucón de barrios bajos.
En aquel presente que hoy es un gran pedazo de Historia dominicana; el Coronel Caamaño era un hombre alto, fuerte y de atlética contextura que conservaba de su pasado, aparte de los recuerdos; la honradez, la sencillez, la franqueza, el buen humor, la terquedad, el carácter y temperamento volcánico, y demás rasgos inherentes a su personalidad.
Un día corriente en la vida del Coronel Caamaño de Londres de 1967 se caracterizaba, por el ejercicio de pesas –tres veces por semana-, la caminata, el estudio, la meditación y disipación mental, aparte de las reuniones políticas correspondientes. A mi primer domingo londinense correspondió una caminata de casi 25 kilómetros, por las calles de la capital inglesa, con salida en la mañana temprano y regreso al anochecer. Después, las conversaciones sobre libros y problemas políticos concluían el día, en cualquier cafetería o restaurante “aledaño” al apartamento del Coronel Caamaño.
Los momentos der mayor actividad eran los de la comida. Todos teníamos que participar en las tareas del arte culinario. Como “recluta”, me correspondía lavar los platos y aprender de la gran maestría culinaria de los demás compañeros. Caamaño preparaba su comida aparte, debido al riguroso equilibrio de la misma. La mesa se servía abundantemente una vez al día, comiéndose después sandwichs, o la parte restante del alimento colectivo. Y aquí era donde se conjugaban los factores más increíbles y pintorescos.
La cocina encerraba una serie de escondrijos dónde cada cual trataba de proprocionarle a su comida, máxima seguridad. Chivú por ejemplo, aparte de escupirla, la escondía en increíbles lugares. Otros le daban un sazón tan fuerte que sólo sus estómagos podían resistirlo. Y Caamaño, generalmente, comía primero que nosotros o interponía delante de su comida y almuerzo, sus galones de Comandante. Reinando siempre entre todos nosotros un ambiente de comprensión y camaradería –de jugarretas de “guardias”-.
A Chivú, (el legendario Mayor, Alejandro Deñó Suero, tío del Coronel Caamaño y su hombre de más confianza), un tragón que come por veinte hombres, Caamaño le echaba a su “almuerzo”, (comida que no podía ingerir y que con increíble glotonería afirmaba que guardaba, el “único bocado del día”), abundante salsa picante, lo que hacía echar al viejo “Chivú”, impublicables maldiciones y pestes contra todo el mundo.
Un día antes de mi llegada a Londres, Chivú preparó con su genio culinario; un “asopao de guardia” con tantas vitaminas que según muchos, “resucitaba muertos”. Lo cierto fué que la comida quedó tan exquisita que, Caamaño olvidó su dieta, al precio de una diarrea que casi obliga a “desinfectar” el apartamento.
Y cuándo Caamaño le expresó su queja al viejo Chivú por el resultado de su comida, este se encogió de hombros y se limitó solo a decirle; “!Está bueno que te pase coño por jartón!”...
La humildad que caracterizaba la vida del Coronel Caamaño, llegaba a veces a extremos increíbles, constituyendo para él cada día, una prueba más de conciencia, temple y espíritud de lucha; andaba con botas y sin medias, desprovisto de ropa interior, etc., lo que hacía que después de las primeras “caminatas” por la ciudad, -en realidad ejercicios de entrenamiento-, los piés se le hincharan y las ampollas constituyeran un verdadero suplicio, costándole también muchísimos esfuerzos acostumbrarse a andar sin ropa interior, con el grueso caqui que constituye la ropa militar.
“!Si el pueblo dominicano supiera como vivo, no lo creería!”, me afirmó en el transcurso de una conversación. El Coronel Caamaño no desconocía, las calumnias y los chismes que sobre su exilio y vida privada en Europa, se decían en la República Dominicana, pero él, no prestaba a estas cosas atención, por ver en ellas una prueba más para la humildad, la sencillez y la consagración a la lucha revolucionaria.
Mientras los “amos y dueños” de la Revolución Dominicana, expandían sus chismes en sus tertulias cotidianas, el Coronel Caamaño se aplicaba conscientemente, al estudio y a la preparación que tanto necesitaba. No perdía su tiempo en aclarar cosas que correspondía a la propia Historia puntualizar. Porque para él, -para Caamaño-, lo importante era prepararse, capacitarse, estar seguro de sí mismo con el ejemplo práctico. La Revolución no es ningún producto de milagros. Hay que luchar para realizarla y para ello es también necesario, estar en condiciones de materializar y dirigir esa lucha revolucionaria.
Eran días de emoción, inquietud y nerviosismo. Días de ansiedad y de acción. Días en que detrás de cada sonrisa y gesto de admiración, de confianza y respeto afectivo, se escondían en Caamaño, el peso de grandes responsabilidades históricas. A veces nos decía durante la comida; ¡”Señores coman!, ¡aprovéchense ahora porque después no habrá tanta abundancia!”... Dirigiéndonos entonces una mirada en la que parecía leerse en sus sinceros ojos negros la pregunta; “Quién será el primero en caer?”...
(Capítulo 22). EL CORONEL CAAMAÑO Y YO. (HACIA UNA COMPLETA IDENTIFICACION).
(Tomado del libro; "La Tragédia de una Revolución Inconclusa" de Michel Smiely "666" ):
Una noche, el Coronel Caamaño me llamó; pasé a la habitación de los archivos –que yo ocupaba como dormitorio-, y al entrar en ella, Caamaño comenzó a mostrarme los mismos; el sistema de organización, las fichas que tenía sobre cada asunto, persona, relaciones y estudios con otros sectores revolucionarios, etc.). Y aunque ya habíamos tratado sobre estos problemas, aquella inesperada actitud de Caamaño me causó sorpresa, logrando yo decirle:
“!Sin deseos de ofenderte Francis (nombre con el que íntimamente se llamaba al Coronel Caamaño), ni mucho menos de abusar de tu confianza; considero que lo más prudente es que no me enseñes nada. No porque no sea capaz de guardar esos secretos, sino porque deseo estar seguro de poder evitar con ello que después puedan decirte, que dije esto o aquello. Deseo saber de estas cosas, sólo lo que me corresponda, ya que en esto tengo la mejor garantía, de que nunca llegarás a perder la fé en mí, cuándo nuestros enemigos te insinúen en las situaciones difíciles de nuestra lucha, que no soy digno de tu confianza o que puedo llegar a ser un traidor. Lo siento mucho Francis, pero no puedo continuar mirando estos papeles!”...
Y al dejar yo de mirar todo lo que me enseñaba, el Coronel Caamaño cerró sus archivos con satisfacción y regocijo. El me estaba probando y yo alcanzé a comprenderlo, demostrándole que no era hombre de curiosidad desmedida, y menos en asuntos de esa naturaleza. La experiencia de varios años de lucha me había enseñado suficiente, especialmente a respetar la importante regla, de no intentar saber más de lo necesario, y a dejar las cosas para su debido tiempo.
Después el Coronel Caamaño me pidió que durmiera esa noche en su habitación, en la cama de un compañero ausente. Al siguiente día había que levantarse temprano pero, considerando Caamaño que en su habitación podíamos hablar,
bajo las claves y medidas de seguridad por el establecidas, para desenvolvernos en un ambiente que, como el de su apartamento en Londres, Nosotros sabíamos que estaba supervigilado: